Mi camiseta de los Power Rangers.

Os contaré una historia. Una historia muy personal. Una historia que dada la actualidad he necesitado dar forma por escrito.

Hace muchos años un ‘mantero’ me regaló una camiseta de los Power Rangers. Todos los días hacía el mismo recorrido en el metro. Agarrada de la mano de mi madre nos bajábamos en Manuel Becerra para hacer transbordo en la línea 2. Nada más subir las primeras escaleras mecánicas, las de salida del andén, allí estaban vendiendo. Todos los días apoyados en la misma pared. Todas las semanas.

Y empecé a saludarles tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta. Todos los días les saludaba. Ellos me devolvían el saludo. Adiós, adiós.

Un día —que no recuerdo muy bien porque era pequeña pero que mi madre me relata para que esté siempre en mi memoria— uno de ellos se acercó y me regaló la camiseta. Mi madre quiso pagarle por el trabajo. Pero él le repetía que no: que esa camiseta era para su amiga. Automáticamente se convirtió en una de mis favoritas.

La historia no ha cambiado mucho desde los noventa. Quizás nada. Intentamos que sean invisibles ante nuestros ojos. Hacemos que no nos enteramos cuando cierran abruptamente su bolsa-manta y salen corriendo por miedo a una detención (o un porrazo). Nos tapamos los ojos cuando vemos su sufrimiento.

No les saludamos cuando les vemos todos los días.

Por eso, quizás ese chico, me consideraba su amiga.

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