Sonidos de trinchera.

Mi abuelo, al que no conocí, tenía una abolladura en la cabeza. Cuenta mi madre que la mayor de mis primas se sentaba en su regazo y le exploraba por todo el cuero cabelludo hasta llegar a esa zona hundida para poder tocarlo con sus manos.  Siempre le preguntaba que si le dolía.

Pero él le quitaba importancia:

—¿Sabes qué? —le decía a mi prima—. He oído a las balas en el frente.  Muy cerca. Y cuando te rozan, las balas silban.

 

 

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