Entre tímidos nos reconocemos

Cuando conocí personalmente a la poeta Ana Pérez Cañamares, hace unos meses, lo que quizás más me llamó la atención de nuestra conversación fue la frase que da título a la entrada del blog.  Ahí estábamos las dos, el poso de sabiduría que da la edad y la joven timidez que le da miedo asomarse al mundo, ambas sabiéndonos cercanas. Y nos reconocimos en nuestra timidez. Y fue un alivio.

Desde siempre lucho contra un fantasma que no es tal, que forma parte de la personalidad —y que se puede trabajar para mitigarlo— pero que socialmente, a veces, puede ser una losa enorme para las relaciones sociales. Porque no lo entiendan los otros, que suele ser en la mayoría de las ocasiones, y que no te entiendas ni tú en tus problemas, las otras veces. Un nudo gordiano, que además de ser un garabato inmenso en tu mente, hace difícil lo más fácil. Un nudo que está presente desde en el momento en que te gusta un chico hasta en la hora de comprar el pan. Con los años podemos crear mecanismos de defensa, cada uno las suyas, pero seguimos ante las mismas dudas: no sabemos si comprar una chapata o una pistola o acercarte en el amor sin miedos añadidos.

Hace unos días salió una nueva polémica sobre internet a raíz de un programa de televisión. Como sucede en este tipo de debates, además alimentados por un reportaje de máxima audiencia, al final todo se reduce en dos posturas contrapuestas y algo caricaturizadas. O como diría Umberto Eco, aunque en su caso se refería a la cultura de masas del siglo XX: entre Apocalípticos e Integrados. Y en aquel entonces me vino a la mente mi timidez y mis problemas de interacción por la introversión. Internet o, mejor dicho, una parte de internet me sirvió para canalizar los miedos y para lanzarme a expresar mis opiniones, aunque sean por escrito. También, a su vez, para no tener miedo sobre la recepción de lo que escribo. Sin Internet enseñaría aún menos ni lo que escribo ni lo que hago.

Internet es una herramienta que ha permitido el acceso y la conexión a personas de diferentes ámbitos sociales. A su vez, aunque con unos fallos pertinentes, ha conseguido que sea más accesible el acceso a la cultura o al debate político. Y a mí eso me encanta porque opino que el súmmum de cualquier política cultural que se precie es hacer al pueblo artista. También tiene fallos. Uno de ellos es la excesiva dependencia que, últimamente, tenemos a ciertas formas de comunicarnos. Otro tema que me preocupa es que, sobre todo en redes sociales, todo gira en torno a la polémica permanente y el nulo debate constructivo. También permite esconder la parte oculta de otras tantas personas aunque, como en la vida real, también se pueden poner barreras a ello. No obstante, todo lo que menciono es fruto del empleo de la herramienta por parte de la sociedad, no de la herramienta per se.

Vuelvo a mi timidez. Me imagino en los 80. Sería una ratita de biblioteca con poca interacción social salvo la interacción de cortesía. Me imagino más tímida aún. Me imagino que, sin Internet, nunca hubiese conocido la poesía de Ana salvo si fuese a un recital al que mi timidez me impediría asistir. Me imagino que, de no haber existido Internet, hubiera llegado al mismo punto de reflexión intelectual y gustos literarios, pero habría tardado más en ello.

Hay una cosa en que se parece con la poesía: los tímidos nos reconocemos en ella y reconocemos a los demás. Entre tímidos nos reconocemos.

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