El indulto. Cuento de Emilia Pardo Bazán.

Nota de la autora en julio de 1886:

«La situación exactamente como la pinto se da en La Coruña. Pocas cosas he escrito con menos tranquilidad y aquel reposo que requiere el arte. La consideración de tal atroz suceso me tenía acongojada».

De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío, la que refregaba con mayor desaliento. A veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.

Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo, a media voz, entretejido con exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios. Nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio extramuros, y que la familia vivía con desahogo, gracias al asiduo trabajo de Antonia y a los cuartejos ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fue asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del arcón donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro. Nadie, tampoco, el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia, según esta misma declaraba, añadiendo que desde tiempo atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra, con el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo, el acusado hizo por probar la coartada, valiéndose del testimonio de dos o tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el asunto, que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fue tan indulgente la opinión como la ley: además de la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató a la vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como las que los matachines dan a los cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de cortar carne. Para el pueblo no cabía duda en que el culpable debió subir al cadalso. Y el destino de Antonia comenzó a infundir sagrado terror cuando fue esparciéndose el rumor de que su marido «se la había jurado» para el día en que saliese del presidio, por acusarle. La desdichada quedaba encinta, y el asesino la dejó avisada de que, a su vuelta, se contase entre los difuntos.

Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo, tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que desde el crimen la aquejaban. Y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho dieron de mamar por turno a la criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.

¡Veinte años de cadena! En veinte años —pensaba ella para sus adentros—, él se puede morir o me puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía.

La hipótesis de la muerte natural no la asustaba, pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas vecinas la consolaban indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida se arrepintiese, se enmendase, o, como decían ellas, «se volviese de mejor idea». Meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:

—¿Eso él? ¿De mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro…

Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.

En fin: veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele a Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, o que la ancha boca del presidio, que se había tragado al culpable, no le devolvería jamás; o que aquella ley que al cabo supo castigar el primer crimen sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora; mano de hierro que la sostendría al borde del abismo. Así es que a sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.

¡Singular enlace el de los acontecimientos!

No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y con el pecho cargado de condecoraciones daba la mano ante el ara a una princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuenta a una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:

—Mi madre… ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!

El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó a Antonia. Algunas se dedicaron a arreglar la comida del niño; otras animaban a la madre del mejor modo que sabían. ¡Era bien tonta en afligirse así! ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había Gobierno, gracias a Dios, y Audiencia y serenos; se podía acudir a los celadores, al alcalde…

—¡Qué alcalde! —decía ella con hosca mirada y apagado acento.

—O al gobernador, o al regente, o al jefe de municipales. Había que ir a un abogado, saber lo que dispone la ley…

Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar a su marido para que le «metiese un miedo» al picarón; otra, resuelta y morena, se brindó a quedarse todas las noches a dormir en casa de la asistenta. En suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió a intentar algo, y sin levantar la sesión, acordose consultar a un jurisperito, a ver qué recetaba.

Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo a preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de protegerla, obligaba a la hija de la víctima a vivir bajo el mismo techo, maritalmente con el asesino!

—¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran! —clamaba indignado el coro—. ¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?

—Dice que nos podemos separar… después de una cosa que le llaman divorcio.

—¿Y qué es divorcio, mujer?

—Un pleito muy largo.

Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acaban nunca, y peor aún si se acaban, porque los pierde siempre el inocente y el pobre.

—Y para eso —añadió la asistenta— tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.

—¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado a la madre? ¿Eso no era mal trato? ¿Eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?

—Pero como nadie lo oyó… Dice el abogado que se quieren pruebas claras…

Se armó una especie de motín. Había mujeres determinadas a hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contraindulto. Y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fue la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo socorro.

Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada a sus humildes quehaceres. Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo creyó hacer un favor a aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole como la reina iba a parir, y habría indulto, de fijo.

Fregaba la asistenta los pisos, y al oír tales anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas a la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. A los recados que le enviaban de las casas respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos a labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó a esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿Por qué le había de coger el indulto a su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; ¡matar a la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena volvía a presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pie del catre.

Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah! Si habían de matarla, mejor era dejarse morir!

Solo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.

—Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?

Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó a andar camino del lavadero. A las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.

¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida e iba a retirarse? ¿Inventola alguien con fin caritativo, o fue uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos, o los individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oírlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.

—Pero ¿de veras murió? —preguntaban las madrugadoras a las recién llegadas.

—Si, mujer…

—Yo lo oí en el mercado…

—Yo, en la tienda…,

—¿A ti quién te lo dijo?

—A mí, mi marido.

—¿Y a tu marido?

—El asistente del capitán.

—¿Y al asistente?

—Su amo…

Aquí ya la autoridad pareció suficiente y nadie quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en víspera de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la asistenta alzó la cabeza y por primera vez se tiñeron sus mejillas de un sano color y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría, justa. Las lágrimas se agolpaban a sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el crimen se había «quedado cortada», es decir, sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido que a la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía ser falsa la nueva.

Aquella noche, Antonia se retiró a su cama más tarde que de costumbre, porque fue a buscar a su hijo a la escuela de párvulos, y le compró rosquillas de «jinete», con otras golosinas que el chico deseaba hacía tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la vida y en volver a tomar posesión de ella.

Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito que subía a los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.

Era él. Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que, aterrado, se le cogió a las faldas. El marido habló.

—¡Mal contabas conmigo ahora! —murmuró con acento ronco, pero tranquilo.

Y al sonido de aquella voz donde Antonia creía oír vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo a su hijo en brazos, echó a correr hacia la puerta.

El hombre se interpuso.

—¡Eh…, chst! ¿Adónde vamos, patrona? —silabeó con su ironía de presidiario—. ¿A alborotar el barrio a estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!

Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente: ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía; pero, al fin, era su padre! Levantole en alto y le acercó a la luz.

—¿Ese es el chiquillo? —murmuró el presidiario, y descolgando el candil llególo al rostro del chico.

Éste guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara, como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase a su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.

—¡Qué chiquillo tan feo! —gruñó el padre, colgando de nuevo el candil—. Parece que lo chuparon las brujas.

Antonia sin soltar al niño, se arrimó a la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas alrededor, y veía lucecitas azules en el aire.

—A ver: ¿No hay nada de comer aquí? —pronunció el marido.

Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenzó a dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas. Sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se esmeraba sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo. Sentose el presidiario y empezó a comer con voracidad, menudeando los tragos de vino. Ella permanecía de pie, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado y seco que relucía con este barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez más y la convidó.

-No tengo voluntad… -balbució Antonia: y el vino, al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.

Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el plato más bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y mascando grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla. Ella, después, cerraría a cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oiría sus gritos. ¡Solo que, probablemente, le sería imposible a ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El marido, apenas se vio saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña y encendió sosegadamente el pitillo en el candil.

—¡Chst!… ¿Adónde vamos? —gritó viendo que su mujer hacía un movimiento disimulado hacia la puerta-. Tengamos la fiesta en paz.

—A acostar al pequeño —contestó ella sin saber lo que decía. Y refugióse en la habitación contigua llevando a su hijo en brazos. De seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su madre. Pared por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria que siguió a la muerte de la vieja obligó a Antonia a vender la cama matrimonial y usar la de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba a desnudar al niño, que ahora se atrevía a sollozar más fuerte, apoyado en su seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.

Antonia le vio echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último, acostarse en el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar. Si su marido abriese una navaja, la asustaría menos quizá que mostrando tan horrible sosiego. El se estiraba y revolvía en las sábanas, apurando la colilla y suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y limpia.

—¿Y tú? —exclamó dirigiéndose a Antonia—. ¿Qué haces ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?

—Yo… no tengo sueño —tartamudeó ella, dando diente con diente.

—¿Qué falta hace tener sueño? ¡Si irás a pasar la noche de centinela!

—Ahí… ahí…, no… cabemos… Duerme tú… Yo aquí, de cualquier modo…

Él soltó dos o tres palabras gordas.

—¿Me tienes miedo o asco, o qué rayo es esto? A ver como te acuestas, o si no…

Incorporose el marido, y extendiendo las manos, mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de la esclava, empezaba a desnudarse. Sus dedos apresurados rompían las cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En un rincón del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño…

Y el niño fue quien, gritando desesperadamente, llamó al amanecer a las vecinas que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no logró sacarle gota de sangre. Falleció a las veinticuatro horas, de muerte natural, pues no tenía lesión alguna. El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía echó a correr como un loco.

 

¿Os suena esta historia? 

Entre tímidos nos reconocemos

Cuando conocí personalmente a la poeta Ana Pérez Cañamares, hace unos meses, lo que quizás más me llamó la atención de nuestra conversación fue la frase que da título a la entrada del blog.  Ahí estábamos las dos, el poso de sabiduría que da la edad y la joven timidez que le da miedo asomarse al mundo, ambas sabiéndonos cercanas. Y nos reconocimos en nuestra timidez. Y fue un alivio.

Desde siempre lucho contra un fantasma que no es tal, que forma parte de la personalidad —y que se puede trabajar para mitigarlo— pero que socialmente, a veces, puede ser una losa enorme para las relaciones sociales. Porque no lo entiendan los otros, que suele ser en la mayoría de las ocasiones, y que no te entiendas ni tú en tus problemas, las otras veces. Un nudo gordiano, que además de ser un garabato inmenso en tu mente, hace difícil lo más fácil. Un nudo que está presente desde en el momento en que te gusta un chico hasta en la hora de comprar el pan. Con los años podemos crear mecanismos de defensa, cada uno las suyas, pero seguimos ante las mismas dudas: no sabemos si comprar una chapata o una pistola o acercarte en el amor sin miedos añadidos.

Hace unos días salió una nueva polémica sobre internet a raíz de un programa de televisión. Como sucede en este tipo de debates, además alimentados por un reportaje de máxima audiencia, al final todo se reduce en dos posturas contrapuestas y algo caricaturizadas. O como diría Umberto Eco, aunque en su caso se refería a la cultura de masas del siglo XX: entre Apocalípticos e Integrados. Y en aquel entonces me vino a la mente mi timidez y mis problemas de interacción por la introversión. Internet o, mejor dicho, una parte de internet me sirvió para canalizar los miedos y para lanzarme a expresar mis opiniones, aunque sean por escrito. También, a su vez, para no tener miedo sobre la recepción de lo que escribo. Sin Internet enseñaría aún menos ni lo que escribo ni lo que hago.

Internet es una herramienta que ha permitido el acceso y la conexión a personas de diferentes ámbitos sociales. A su vez, aunque con unos fallos pertinentes, ha conseguido que sea más accesible el acceso a la cultura o al debate político. Y a mí eso me encanta porque opino que el súmmum de cualquier política cultural que se precie es hacer al pueblo artista. También tiene fallos. Uno de ellos es la excesiva dependencia que, últimamente, tenemos a ciertas formas de comunicarnos. Otro tema que me preocupa es que, sobre todo en redes sociales, todo gira en torno a la polémica permanente y el nulo debate constructivo. También permite esconder la parte oculta de otras tantas personas aunque, como en la vida real, también se pueden poner barreras a ello. No obstante, todo lo que menciono es fruto del empleo de la herramienta por parte de la sociedad, no de la herramienta per se.

Vuelvo a mi timidez. Me imagino en los 80. Sería una ratita de biblioteca con poca interacción social salvo la interacción de cortesía. Me imagino más tímida aún. Me imagino que, sin Internet, nunca hubiese conocido la poesía de Ana salvo si fuese a un recital al que mi timidez me impediría asistir. Me imagino que, de no haber existido Internet, hubiera llegado al mismo punto de reflexión intelectual y gustos literarios, pero habría tardado más en ello.

Hay una cosa en que se parece con la poesía: los tímidos nos reconocemos en ella y reconocemos a los demás. Entre tímidos nos reconocemos.

La pequeña China

Este fin de semana el telediario de TVE realizó un reportaje sobre mi barrio a raíz de las celebraciones del Año Nuevo Chino que se hacen en este. Desde hace dos años, además, esta festividad cuenta con el apoyo e inversión del área cultural del ayuntamiento. La crónica informativa, de marcado carácter sesgado, daba la palabra a varios vecinos que vinculaban veladamente un aumento de la delincuencia del barrio con la expansión de la población china. Debe ser que vivo en otro barrio porque no me siento representada por sus palabras.

No soy una recién llegada al barrio de Usera. Llevo viviendo en él desde que nací. Mis abuelos paternos y mi padre, que tenía por aquel entonces dos años, se instalaron en el año 59 en un piso de protección oficial que les habían adjudicado. El vecindario era variopinto: realojados de chabolas cercanas, de casas bajas o, en el caso de mis abuelos, de personas sin vivienda. Y es que vivían con un montón de familia en un piso pequeño que hoy denominaríamos sin dudar como piso cuasipatera. Cuando mis abuelos se instalaron en aquel piso de protección oficial, este no estaba aún terminado y no tenían luz eléctrica en casa: tenían que engancharla. El asfaltado de la calle era inexistente salvo en las calles principales. No había metro. Había pobreza. Cuando mi padre creció, como cualquier sitio obrero, este fue sacudido fuertemente por la droga y también por el paro. Todavía seguían existiendo sitios donde había “chabolas” y existían los pandilleros al estilo newyorkino.

¿Os acordáis de aquella historia que forma parte del imaginario colectivo donde el cantante Lou Reed canceló un concierto nada más empezar y casi se monta un estado de sitio? Ay, queridos, fue en mi barrio a principios de los ochenta. Porque mi barrio nunca ha sido el Retiro.

En los últimos años, con el auge económico, llegó la población china. El aumento ha ido en paralelo con mi infancia y adolescencia. En los años 90 llegaron los pioneros con sus bazares Todo a 100 y luego, progresivamente, fueron agrupándose y diversificando los negocios. Hasta el día de hoy.

Una anécdota curiosa de aquellos primeros chinos que se instalaron en el barrio fue cuando le pusieron La casa del amor a un todo a cien y, al cabo de un tiempo, tuvieron que cambiar de nombre porque se dieron cuenta de que era demasiado “amoroso”, ya que en su idioma sonaba normal, pero aquí podía relacionarse con una casa de citas. Y ahora, después de tantas tiendas y tantos nombres, pasaría este hecho por mera anécdota.

Tener añoranza de un tiempo pasado no significa que fuera mejor: en la mayoría de los casos también existían los claroscuros. La vida comercial y social en el barrio ha cambiado, pero no es culpa solamente de la inmigración: ha influido la crisis económica, los gustos, el precio de los alquileres. Curiosamente, en este último factor intervienen los españoles porque gran parte de los locales pertenecen a unas pocas familias y los chinos son los únicos dispuestos a pagar precios desorbitados por el alquiler.

Usera está llena de ojos rasgados y ojos redondos: los chinos compran en el supermercado y yo estoy encantada de tener un Aliexpress a dos manzanas de mi casa. En unos años tendremos muchos niños españoles, hijos de chinos, que tendrán en su ser las dos culturas de manera contrapuesta, pero encajadas perfectamente como un puzzle. Y a mí, qué queréis que os diga, pero son el tipo de cosas que me dan un poco de envidia. Porque la vida cambia, no es inmutable y la inmigración suele ser enriquecedora si se van con los ojos abiertos. Lo malo es la cerrazón por ambas partes. Lo malo es el gueto.

Por cierto, mis abuelos también eran emigrantes. Se agrupaban todos juntos en Atocha para recordar la añoranza de los verdes praos de la Asturias patria querida. Y a veces, cuando abrían la boca, les miraban raro por su acento marcado.

Se llamaban…

Mariana Carmen Radú, de 43 años.

Silvia García Simán, de 33 años.

Mirella Gheorghe, de 21 años.

Isabel Laureana Cebrián, de 55 años.

Lucinda Expósito Méndez, de 43 años.

María Santos Gallardo, de 73 años.

Yolanda, de 50 años.

Ascensión Amores Porcel, de 40 años.

Ana Gómez Nieto, de 40 años.

Francisca Maroto Martinez, de 71 años.

Lisa Jane Lyttle, de 49 años.

Henriette Bech, de 60 años.

Rosa Rego Rodríguez, de 57 años.

Soraya Gutiérrez Sánchez, de 37 años.

Sara D.M., de 31 años.

María Ángeles López, de 51 años.

Victoria Sard Massanet, de 19 años.

Silvia Hernández Álvarez, de 35 años.

Kelly Zambrano, de 40 años.

Tatiana Vázquez Abuín, de 24 años.

María del Carmen Lauría, de 48 años.

Cristina Gálvez Ariza, de 36 años.

Yolanda Jiménez Jiménez, de 48 años.

Marta Sequeiro Valencia, de 43 años.

Blanca Tárrega Esteller, de 54 años.

Rosario Roche Artigas, de 72 años.

María Candelaria González Dorta, de 50 años.

Cristina Gálvez Ariza, de 37 años.

Catherine Giselle Angulo Pérez, de 23 años.

Lucía Patrascu, de 46 años.

Jana Enache, de 32 años.

María Aránzazu Franco Velasco, de 40 años.

Cristina S. Iglesias Betanzos, de 36 años.

Margarita, de 60 años.

Anastasiya Franzke, de 37 años.

Teresa Sánchez Navarro, de 47 años.

Karla Belén Pérez Morales, de 22 años.

Alexandra Rodica Surca, de 28 años.

Carmen García Lomas, de 71 años.

Benita Núñez Peña, de 49 años.

Krisztina Szabó, de 43 años.

María Aránzazu Palacios Izquierdo, de 51 años.

Pilar Mendoza, de 65 años.

Xue Sandra Saura de 32 años.

Johana Bertina Palma González, de 32 años.

Jane Railton, de 58 años.

Sara, de 28 años.

Juana Ramos Medina, de 58 años.

Zaida González Flores, de 32 años.

Florentina (conocida como “Flori”), de 33 años.

Ada Graciela Benítez, de 34 años.

Mónica Berlanas Martínez, de 32 años.

Estefanía María González, de 26 años.

Isabel Paixao Neves, de 51 años.

Lorena Reyes Mantilla, de 36 años.

Vanessa Ferrer Ciges, de 15 años.

Jacqueline Luyck, de 75 años.

Yolanda Pascual Expósito,  de 50 años.

Celia Navarro Miguel, de 56 años,

Juana Monge Vega, de 53 años.

Alia Díaz García, de 26 años.

Sara C.Y. de 34 años.

Ana María Enjamio Carrillo,  de 25 años.

Elena Mihaela Marcu, de 30 años.

Carmen Ginés Abelló, de 44 años.

Victòria Beltrán, de 57 años. Y no LA MUJER DEL PERIODISTA.

Y Alicia, 17 meses, arrojada por la ventana.  El agresor: la pareja de su madre.

 

Para 2017 le pido que ni una más a mencionar. Y ni una menos a la que perder.

 

Entre autores de ayer y de hoy.

Recuerdo, no hace mucho tiempo, que Manuela Carmena contó en una entrevista, a modo de ejemplo de la ignorancia que arrastrábamos en el franquismo, que cuando llegó a la universidad para estudiar Derecho, se encontró que desconocía quién era Miguel Hernández. Lo solucionó rápidamente y comenzó a empaparse de toda su obra para completar esa laguna que tenía. Era un autor esencial, pero era un autor desconocido dentro de nuestras fronteras. Era un autor proscrito.

Mi padre llegó a la universidad unos años después y, como Carmena en su momento, vivió experiencias extrañamente parecidas. Fue el primer universitario de la familia y, aunque hubiera elegido biología como opción, acabó accediendo a la chapucera persuasión entre mi abuelo y el marido de una prima. Consideraban ambos que Ciencias Económicas era una carrera más adecuada para mi padre.

Lo que no contaba mi abuelo es que, en vez de ir a un sitio tranquilo y alejado de conflictos, iba a estudiar en la facultad con mayor movimiento de la Universidad. Era un sitio tan tranquilo, tan apaciguado, que mi padre empezó a estudiar en ella cuando acababan de trasladar el campus a un lugar alejado de la civilización, fácil de rodear para la policía armada, en el todavía pueblo de Humera. Ese sitio se convirtió en el Campus de Somosaguas.

El contraste entre lo que había vivido mi padre hasta entonces, en esa placidez anestesiada de gran parte de los españoles, y lo que se encontró en aquel lugar, un auténtico microcosmos dentro de Madrid, fue bastante chocante. Y aunque a principios de los años 70 ya empezaban a verse en las universidades a los primeros hijos de obreros —mi abuelo trabajaba en el matadero de Legazpi— todavía no dejaba de ser su presencia algo anecdótica. Casi todos provenían de familias con, al menos, un nivel económico holgado y con un acceso a libros del que carecía mi padre.

Un día, al poco de comenzar las clases, se encontró en la cafetería a unos cuantos compañeros de clase que estaban debatiendo sobre literatura y sobre filosofía. Mi padre se sentía perdidísimo y, además, no lo ocultaba. Al tiempo, uno de ellos, le preguntó con sorna:

—¡Eh, Fernando! ¿es que tú no has leído a Marcuse?

Obviamente, no, no había leído a Helbert Marcuse. Ese nombre le sonaba a chino cantonés y a chino mandarín. Como no tenía doblez por aquella, en vez de ser hipócrita, le contestó tan tranquilo que desconocía quien era Marcuse, para risas de algunos.

—Fernando tiene cara de listo. Si no lo conoce… ya lo conocerá— contestó otro de aquel grupo.

Y vaya si lo conoció. Aunque uno de ellos, que al tiempo se hizo amigo, le ofrecía el libro en francés y en alemán, idiomas que dominaba aquel compañero, mi padre consiguió hacerse con una edición en español de Eros y la civilización, muy de moda por aquel entonces. Se puso a leerlo, a subrayarlo, a echar cabezadas con él, pero en un fin de semana lo leyó entero. Cosa que la mayoría de aquellos que se reían, pero que no habían hecho. Lo conocían, sí, pero solamente se habían adentrado en la contraportada.  A día de hoy mi padre insiste en que era —y es— un “pestiño”, pero la tozudez es marca de familia.

Esta anécdota, que recordó mi padre en casa hace no mucho, me hizo reflexionar sobre unos cuantos asuntos. Y no solamente sobre el desconocimiento que existía en el franquismo; se pueden hacer lecturas con cierto elitismo cultural que sigue existiendo en la actualidad. Mi padre no era más ni era menos que aquellos chavales por no conocer a ese filósofo alemán, aunque fuera un autor que estuviese en boga o configurase una corriente de pensamiento en torno a él.  Lo mismo sucede a la inversa, claro está, no debieras ser un apestado por conocer más que la media. Esto últimamente lo leo bastante por internet cuando, con cierto tono burlón, se usa el término de preparao.

Pero me quiero centrar en lo primero. Últimamente veo ese llamado elitismo cultural, aunque quizás el concepto sea algo impreciso, en ciertos entornos militantes actuales. Se presume mucho de querer llegar a unas mayorías y luego, en los debates de ideas, aunque estos puedan ser para consumo interno, se adolece de todo lo contrario. Referencias académicas que, en su justa medida son imprescindibles, pero en su justa medida. Considero esto un problema aunque puedo estar equivocada.

Vuelvo a otra vez a la anécdota de Marcuse. Marcuse, autor de moda en el 68 y unos años después, ahora está casi olvidado. En los círculos militantes siempre se hablaban de las tres M: Marx, Mao y Marcuse. Si no leías a Marcuse, no entendías el contexto. Y si no te gustaba Marcuse: ya ni te cuento.

Y yo, a veces con cierta inocencia, otras veces no tanta, sabiendo que la Historia es cíclica, pero a su vez la Historia tampoco se repite tal cual, me hago con todo esto una pregunta:

¿Estamos con Laclau ante el Marcuse de nuestro tiempo?

Lo que puede el cuerpo.

Hay días en los que uno se despierta y no sabes muy bien por qué. La rutina se hace pesada; el entorno, que suele ser inmutable, algo insostenible; tu presencia ante el espejo es agotadora. Coges el aire a bocanadas de intensidad.

Todo te cuesta el doble. Desayunar te cuesta el doble y desayunas pensando en qué desayunas; sonreír te cuesta el doble, aunque no lo noten, aunque ellos no lo noten; arreglarte te cuesta el doble; hablar sobre el tiempo lluvioso te cuesta el doble; y hablar sobre ti no hay múltiplos para poder describirlo.

Haces las tareas de manera automática: los robots de Asimov se sentirían orgullosos de ti. Sientes nervios, pero no es el café y no crees estar enamorada. Ni siquiera sabes el origen de esos nervios si hoy era un día más, un día reiterativo… ¿Te imaginas con café? ¿te imaginas estando, además bajo los efectos del café, con los nervios de enamorada?

Acaba tu jornada. Estás en el metro. En el vagón te llega de nuevo el agobio. Hay gente, hay mucha gente, hay demasiada gente. Los ojos se sitúan frente a ti, quizás ellos estén igual en su interior, y quieres desaparecer: quieres llegar pronto a destino. Estás cansada de luchar contra seres invisibles, que no son molinos, y que se alojan en tu mente. En el final de trayecto vuelves a abrir el móvil: parpadea demasiado y anuncia el colapso del fin del mundo en solo media hora de tu ausencia. Llegas a destino.

Spinoza decía que “nadie sabe lo que puede un cuerpo”.

Soy más fuerte que mi ansiedad.

El porqué de este blog.

Por dónde empezamos…

Considero que la apertura de este cuaderno de bitácoras es un proceso natural en mi relación con las redes sociales. Un proceso natural que se ha ido dilatando con el tiempo, sin duda, pero que necesitaba una maduración y un objetivo más o menos claro.

Supongo que, como al empezar un cuaderno en papel, el momento de empezar provoca pánico en el que escribe. Sin más dilación, pues, empecemos a publicar en él.

¿Por qué escribimos? Reflexiones a raíz de un libro de Montserrat Roig

—Dime que me quieres aunque sea mentira —le pidió Johnny Guitar a Joan Crawford. Y ella le contestó que lo quería aunque fuera mentira. Pero, mientras mentía, le decía la verdad. La mentira, es decir, la literatura, es una droga. Y si nos falta, andamos un poco colgados.

Dime que me quieres aunque sea mentira, Montserrat Roig.  Ed. Península, 1992.    

Hace un par de meses descubrí la existencia de la escritora catalana Montserrat Roig. Me refiero a su “existencia” como escritora, a su legado en forma de palabras y escritos, porque apenas ella y yo compartimos espacio vital en este mundo. Murió hace justo 25 años de cáncer de mama. Y era demasiado joven para hacerlo.

Al descubrir su trayectoria, su claridad de ideas y su compromiso ideológico, su apasionamiento al hablar de feminismo y literatura, y  su defensa firme para escribir en su lengua materna, que era el catalán, hizo que cayese rápidamente fascinada por su figura. Empecé a leer sobre ella en la red de manera obsesiva y empecé a sacar libros en la biblioteca. Un duro trabajo arqueológico porque apenas hay ejemplares de sus obras traducidos al castellano y casi todas las ediciones que te encuentras, alabado Iberlibro mediante, son ediciones de segunda y quincuagésima mano. En catalán mejorará algo la situación, pero es una verdadera pena que su calidad —porque así lo pienso— no sea proporcional a su difusión.

El último libro que publicó es una disertación sobre el oficio de escribir. Es un libro ligero y con el que he sentido empatía aunque haya varias generaciones de por medio. En uno de sus párrafos, correspondiente al primer capítulo, habla de la eterna pregunta que nos hacemos todos los que estamos de un modo u otro relacionados con la literatura, aunque en mi caso de manera muy humilde y como principiante: ¿por qué escribimos?

 

Cuando no era más que una primeriza pasé largas temporadas entrevistando a un buen número de escritores cotizados, no sólo de mi literatura, sino también de la castellana. Era una ingenua y les preguntaba por qué escribían. La mayoría me miraba con aprensión y cambiaba de tema. Y tenían razón. La pregunta inquieta a los veraces y satisface a los pedantes. Es de lo más estúpida y no lo comprendí hasta que empezaron a hacérmela a mí. Es una pregunta obscena que requiere respuestas oscenas. De todas maneras, hubo escritores más jóvenes, o más desprevenidos, que me esbozaron la siguiente teoría: «El escritor es un ser que sufre, y sufre de tal manera que el sufrimiento le lleva sin remedio a la escritura.» No era, pues, un oficio, un enamoramiento, un placer. Era un castigo terrible. Ellos, los escritores, sufrían indefectiblemente. Eran los portadores del dolor y Dios se lo hacía expiar a través de la literatura. Sólo ellos veían que el mundo se había vuelto loco, sólo ellos percibían, minuto a minuto,  la conciencia de que somos mortales. Ellos «eran» la sensibilidad. La habían convertido en su monopolio y se habían olvidado de los lectores, a quienes impresiona la voluptuosidad de las palabras.

Con los años nadie puede explicar por qué escribe. No podemos elaborar ninguna teoría. Escribir es ir escribiendo. Es como pensar que los locos, por el mero hecho de ser locos, ya son genios. Y que sólo a ellos les influye la luna. Únicamente los que no están locos elogian la locura. Lo han leído en los libros y confunden los actos de locura, que suelen ser fruto de la imaginación, con el dolor. Pirandello escribió un cuento sobre un pobre campesino aquejado del mal de luna. Los demás le rechazan porque no comprenden que la luna llena, atormentadora, insistente, le ha invadido desde pequeño. Solamente un amigo dice: «Dejadle, está sufriendo.» El idealismo literario ha llegado hasta nuestros días con la fascinación por escritores que enloquecieron porque eran genios, cuando se trata de todo lo contrario: el genio conoce su locura y sabe controlarla. (…) El poeta es un ser que sueña y el loco no recuerda sus sueños.

Dime que me quieres aunque sea mentira, Montserrat Roig.  Ed. Península, 1992.    Pág. 13-14.

 

Una terapia lo es, no hay duda. Pero al principio. Luego… ¿por qué se continúa? Escribir es un privilegio (…) Mientras uno escribe, parece como si se castigara (…)

Descubres que no podemos captar el tiempo en toda su pureza y, de repente, el ansia de captar el tiempo en toda su pureza te ha atrapado. Cavilas que la lógica de la realidad cotidiana es un engaño, pero no tenemos otra que nos sirva para construir el sueño. Y, entonces, vuelta a empezar. Escribes y luchas contra las palabras, para que no parezcan piedras, para que no parezcan…

Dime que me quieres aunque sea mentira, Montserrat Roig.  Ed. Península, 1992.    Pág. 17-18

Me parece un resumen perfecto y al cual no tengo mucho más que añadir. ¿Por qué escribo? No lo sé, escribo por necesidad, escribo porque todos tenemos nuestro pequeño ego latente y queremos dejar una impronta, pero también escribo para explicar y explicar(me) la realidad. Y escribo, desconozco si con una calidad reseñable, porque otra cosa no sé hacer.

Había una anécdota que contaba la ex-mujer de Mario Vargas Llosa —o uno de sus hijos, no recuerdo bien— donde decía que era incapaz de hacer otra cosa que no fuese escribir, que era incapaz de facturar sin ayuda para viajar en avión… Me pasa igual. Siento que soy una inepta para muchas facetas de la vida; me cuesta mucho mostrarme en el plano afectivo-amoroso, no me entero de los chismes que suceden a mi alrededor —esto puede ser una contradicción con el hecho literario, pero a saber—  y tampoco tengo una vocación clara en mi vida; sé sobre muchas cosas, pero no lo suficiente para poder profundizar en ellas. Ni siquiera sobre la literatura.

Pero escribir, oh, escribir me sale solo, me sale sin quererlo. Como, hablo, respiro, me enamoro de un chico al pasar y escribo. Sin más.

La única droga que no te mata —aunque te ponga enfermo—, el único efluvio etílico que no te hace perder los sentidos ni te estropea el hígado, el único amor que no da asco es la buena literatura. Placeres solitarios, vicios compartidos. El lector/ lectora posee las palabras y desafía la finitud, acepta la sordidez y la belleza porque todo es uno, y sobre todo, recuerda porque antes recordó. Si existe un acto de amor, éste es la memoria, dice Josep Brodski a propósito de Nadiejda Mandelstam, la viuda del poeta ruso desaparecido en el campo estalinista.

Hay que recordar, hay que evocar, no hay arte más temporal que la literatura. Podemos enfermar con el recuerdo, pero, al final del largo y lento proceso de la escritura, descubriremos que hay algo, que hay alguien, al otro lado, que todavía late, que todavía existe.

Dime que me quieres aunque sea mentira, Montserrat Roig.  Ed. Península, 1992.    Pág. 19

Quizás el objetivo de este blog sea este. Escribir. Escribir para que me lean. Escribir para enseñar lo que hago. Lanzarme y no tener vergüenza de lo que cuento. Escribir. Aquí estamos. Bienvenidos a mi habitación propia.